El monstruo y el arquitecto

10 de Diciembre 2016
 P. José Elver Rojas Director departamento de Comunicación Social Conferencia Episcopal de Colombia
El monstruo y el arquitecto
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No dudaron un segundo los grandes medios de comunicación colombianos para calificar de “monstruo de Monserrate” al presunto responsable de la muerte de más de una docena de mujeres en uno de los cerros del oriente de Bogotá.

No así sucedió con el hombre que  raptó, violó y asesinó a una niña de 7 años. De forma dubitativa y temerosa, los periodistas informaron que se trataba de un “prestigioso arquitecto” del que no podían revelar su identidad para no entorpecer la investigación.

Lo anterior unido a la injusticia que campea reinante en nuestro país, hace que la gente  ante el calor de un caso que nos ha conmovido profundamente, busque formas de aplicar justicia y exijan  castigar con la pena de muerte,  la castración química o la cadena perpetua a quienes cometan este tipo de crímenes. Llama la atención que ante el  desespero por la situación, no faltan los que en lugar de pedir justicia, claman venganza.

El miedo de los colombianos es el que crímenes de este tipo queden impunes  por tratarse no de un “monstruo de Monserrate”, que al fin y al cabo era un habitante de la calle ante quien el periodismo y las autoridades  se mostraron fuertes para aplicarle el rigor de la ley y el desprestigio social con toda severidad, sino de un “prestigioso arquitecto,” de familia de abolengo a quien los generadores de opinión pública tiemblan al pronunciar sus nombres siempre y cuando no sea para exaltarlos.

Señores periodistas la objetividad y la veracidad de la información no depende de la clase social sino de la ética del comunicador. Hacer de  un medio de comunicación un tribunal de justicia para condenar o absolver no es tarea de los comunicadores. La dignidad de la persona humana está más allá del delito que haya cometido. De igual modo, la tragedia que padecen las familias de víctimas y victimarios no debe ser aprovechada para un periodismo amarillista, tendiente a un reality show.

Me uno con mi oración al dolor que padece hoy la familia de Yuliana, víctima del desenfreno hedonista, que hace de “monstruos o  prestigiosos” fieras que andan al acecho de los más vulnerables e indefensos de la sociedad. Me uno al clamor de los colombianos que piden se aplique a los responsables de estos macabros hechos, la justicia con transparencia y celeridad.

Por tal motivo, quienes tenemos fe, pidamos la gracia de Dios para superar el dolor y hasta el odio y venganza que afloran contra el asesino de un infante. Aunque en este momento sea poco entendido lo que el Señor nos enseña,  oremos por los que nos hacen daño; ellos también sufren y hacen sufrir a los demás. 

Estoy de acuerdo en denunciar y rechazar el pecado en todas sus formas, sin olvidar de practicar la misericordia con el pecador. Pues, el pecado vicia la personalidad humana y conduce a la persona en contra de Dios, de sus hermanos y de sí mismo; es decir, a la desgracia. Mi invitación es a evitar esa lluvia de palabras y mensajes que lanzamos como rocas virtuales a través  de  las redes sociales y otros canales de comunicación, con la idea equivocada que matando al pecador destruimos el pecado.

 

 

 

 

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Fuente: Conferencia Episcopal de Colombia

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